2010, el año del adiós a Saramago y Delibes, y el del Nobel para Vargas Llosa

El año 2010, que ahora acaba, se ha cerrado con una de las mejores noticias para la literatura en español, la entrega del Premio Nobel a Mario Vargas Llosa, pero también ha sido un año de sombras para las letras iberoamericanas por la muerte de dos grandes, José Saramago y Miguel Delibes.

Al Nobel portugués José Saramago se le paró el corazón, el pasado 18 de junio, en la isla canaria de Lanzarote, a los 87 años, como consecuencia de la leucemia crónica que padecía. Se encontraba en su casa, acompañado por su mujer, Pilar del Río.

La muerte de este narrador no sólo conmocionó a Portugal y a España, sino a buena parte del mundo adonde pudo llegar su voz de hombre comprometido, cuyo legado, no solo quedará para la posteridad en títulos tan imprescindibles como “El evangelio según Jesucristo”, “Ensayo sobre la ceguera”, “Memorial del convento” o “El año de la muerte de Ricardo Reis”, sino en su ejemplo de lucha contra la injusticia en el mundo, la globalización o la pobreza.

Otra de las grandes pérdidas que se cobró el 2010, fue la del gran escritor vallisoletano Miguel Delibes. Académico y periodista, considerado el patriarca de las letras españolas y maestro de la narrativa del siglo XX, el autor falleció en Valladolid el pasado 12 de marzo, a los 89 años, rodeado de toda su familia.

Autor de alrededor de unos 70 títulos, entre los que destacan “La sombra del ciprés es alargada”, “El camino”, “Cinco horas con Mario”, “Los santos inocentes” o “El hereje”, fue “un gran cronista de la humanidad que supo recoger en sus obras la esencia de una manera de ser, de pensar, de vivir”, como recordó el director de la Real Academia de la Lengua, Víctor García de la Concha.

Una idea que refrendaron escritores, políticos, lectores y un publicó, en general, que salió emocionado a la calles de Valladolid para darle su última despedida y el pésame a los familiares.

Recibió los premios más importantes de las letras hispanas. Fue uno de los autores españoles más adaptados al cine y al teatro, y pionero del ecologismo.

El poeta gaditano Carlos Edmundo de Ory, el último rebelde e iconoclasta de la poesía y una de la voces más importantes de la poesía siglo XX, también murió este año, el pasado 11 de noviembre, a los 87 años en su casa de la localidad francesa de Thezy-Glimont, donde vivía desde los años 50, cuando se exilió por “asfixia política y social”.

Y esta circunstancia fue precisamente la causa o el motivo por el que a este poeta, creador de la corriente vanguardista del postismo, humano socarrón y con una inmensa obra a su espalda, fuera un gran desconocido para la mayoría de los españoles.

“La poesía es un vómito de piedras”, “La risa es el sexo del alma” o “El viento es Dios que pasa bailando”, son un pequeñísimo ejemplo de los conocidos “aerolitos”, aforismos o piedras preciosas que este poeta creaba.

Otro rebelde y maldito, el gran escritor argentino Rodolfo Enrique Fogwill, también murió este año, el pasado 22 de agosto, en un hospital italiano como consecuencia de un enfisema pulmonar, causado por su gran afición a los cigarrillos, a los 69 años.

Autor de su novela más emblemática “Los pichiciegos”, Fogwill junto con César Aira y Ricardo Piglia formaba el triángulo de los escritores más importantes de Argentina actual. En España en los últimos años alcanzó mucha relevancia.

De la otra orilla también se perdió a otro grande: Carlos Monsivais, la conciencia crítica del México contemporáneo; denominado ‘cronista de los cronistas’, narrador, ensayista y periodista, murió el pasado 19 junio.

Argentina también despidió este año que acaba al escritor Tomás Eloy Martínez, quien falleció en Buenos Aires a los 75 años de edad. Premio Alfaguara por “El vuelo de la Reina” fue el autor de “Santa Evita”, la novela más traducida de la historia.

Y si este año el premio Nobel de Literatura habló por fin en español, y el pasado día 10 de diciembre resonaron en Estocolmo las palabras del escritor hispano-peruano Mario Vargas Llosa, en una ceremonia en la que el autor de “La ciudad y los perros” se emocionó y emocionó, el Cervantes tuvo nombre de mujer, Ana María Matute.

La escritora catalana, eterna candidata a este premio, el más importante de las letras en lengua española, se alzó finalmente con el galardón, convirtiéndose así en la tercera mujer en ganar el premio, tras recibirlo María Zambrano, en 1988, y la cubana Dulce María Loynaz, en 1992. EFE / Carmen Sigüenza

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