La normalidad

Todo parece indicar que hubo un momento en el que la práctica de financiarse mediante la contratación pública estuvo muy extendida entre los partidos. El esquema, además, parece que se repetía con monótona regularidad: representantes de los partidos pedían a las empresas licitadoras una “mordida” a cambio de la adjudicación de los contratos; en el proceso una parte de ella iba al partido y otra se quedaba ente los dedos del representante. Empleo los verbos en pasado, aunque obviamente el riesgo no ha desaparecido. Entonces ¿qué es lo que ha cambiado? ¿Realmente la sociedad tiene ahora estándares morales más elevados? Lo que sin duda ha cambiado es esto: ha desaparecido la sensación de ‘normalidad’. La mordida, parecían pensar los intervinientes, era, bueno, una práctica quizás no muy recomendable pero inevitable en el funcionamiento de las cosas. No se trata de analizar aquí cuál fue el círculo vicioso, el proceso perverso que llevo a considerar ‘normales’ prácticas aberrantes, pero la crisis ha contribuido a disipar esa sensación. Menos mal.

En todo caso, si aceptamos la existencia del fenómeno de la ‘normalización’ -por la habitualidad- de comportamientos no normales, cabe hacerse una pregunta inquietante: ¿perviven ahora mismo comportamientos anómalos que son considerados ‘normales’ por la etiqueta vigente? ¿Nos escandalizaremos en el futuro ante prácticas que ahora nos parecen ‘normales’? Temo que sí. Ahora mismo el dinero público –y en el campo de las inversiones esto es especialmente visible- es frecuentemente usado, no pensando en el bien de los ciudadanos, no con criterios técnicos, no con criterios de rentabilidad socio-económica, sino atendiendo a meros intereses partidistas. Lo estamos viendo en directo, con luz y taquígrafos diríamos –y eso atestigua su ’normalidad’-, en la negociación de los presupuestos generales. Ahora mismo vemos a diputados tranquilamente vendiendo su apoyo a cambio de inversiones en infraestructuras, a veces técnicamente absurdas, pero que esperan rentabilizar en votos. En estos casos que los presupuestos sean buenos o malos para los españoles no es relevante: se trata sencillamente de conseguir dinero público para rentabilizarlo electoralmente. Que luego queden radiales quebradas, obras faraónicas inútiles, o aeropuertos innecesarios –y el correspondiente déficit/deuda, claro- es secundario.

¿Hay solución? Para empezar, disipemos la sensación de ‘normalidad’. Y a continuación establezcamos los mecanismos necesario para priorizar las inversiones en función de la utilidad que proporcionan a los ciudadanos, no de la que procura a los políticos. Tendremos ocasión de ir hablando de todo ello en estas páginas.

Fernando Navarro es Diputado en Cortes por Cs. Islas Baleares

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