Es la libertad, estúpido

Cuando el sábado en la Puerta de Sol Pablo Iglesias voceó que “Este país es mejor que tu Parlamento” no estaba sino reafirmando la insistente y cansina “superioridad moral” que se arroga la minoritaria izquierda radical, y lo que es peor, su descarado desprecio a la Democracia y a la soberanía popular a la que, cínicamente, invocan continuamente como si ellos fueran sus principales representantes.

El discurso populista de Podemos, esperanzador para muchos ciudadanos ingenuos o simplemente necesitados de ayuda ajena, se desenmascara y diluye a diario a bases de hechos y conflictos internos que dejan a la luz la verdadera naturaleza de esta formación política.

Tras dos años de legislatura en ayuntamientos y Comunidades Autónomas donde gobiernan o apoyan externamente a los gobiernos de centroizquierda, Podemos no ha conseguido revertir los problemas económico-sociales de los más débiles, cuando era éste el principal mensaje de su razón de ser para alcanzar los cielos. Cuando se le hace este mismo reproche, su ejército de trolls atacan en las redes a quienes simplemente expresan una opinión divergente, y si algún argumento legible sobresale entre sus insultos y menosprecios, curiosamente es para citar al gobierno municipal de Madrid de Manuela Carmena, quien niega una y otra vez su pertenencia ideológica a Podemos (y cuyo gobierno está formado por el sector más moderado “errejonista”, derrotado y ahora aislado del centro de poder de dicha formación tras Vista Alegre II).

La gran mentira de Podemos no es nueva, ni es suya. Su engaño es la mentira de la izquierda radical que arrancó hace ya un siglo, que no solo ha fracasado allí donde se ha instaurado, sino que ha puesto de manifiesto la incompatibilidad de esta forma de pensar política con la Democracia y las libertades y derechos más fundamentales del ser humano.

Cuando el sábado Pablo Iglesias despreció nuevamente a nuestro Parlamento, mostró otra vez su frágil sentido democrático, su falta de respeto a la voluntad popular, y a las libertades políticas de los ciudadanos, quienes en dos ocasiones en pocos meses han elegido libremente a sus representantes arrinconando a Podemos muy lejos de las expectativas que ellos solitos se crearon. Lejos de aceptar el resultado electoral, han decidido alzar la voz en la calle y en las redes sociales, y montar día tras día un show mediático cuya culminación –hasta el momento- es el anuncio de presentar una moción de censura (sin incluir a un candidato a la Presidencia del Gobierno hasta la fecha tal y como es constitucionalmente preceptivo) condenada al fracaso, en un momento además en el que el PSOE está descabezado y desorientado, a quien, para colmo, Iglesias reprocha duramente que no se una a dicha inocua iniciativa que, de acceder el PSOE, hipotecaría la posibilidad de otra moción de censura para el resto de la iniciada legislatura (el artículo 113-4 de la CE señala que “si la moción de censura no fuere aprobada por el Congreso, sus signatarios no podrán presentar otra durante el mismo periodo de sesiones). O sea, otra trampa lanzada por Podemos para erosionar a su gran adversario político.

Lo cierto es que, frente al discurso político de Podemos, los acontecimientos históricos acaecidos en el último siglo, ahora que se cumple el centenario de la Revolución Rusa, nos llevan a dos conclusiones sobradamente probadas que deberían desengañar a los votantes de buena fe de la formación de Iglesias.

La primera, que los movimientos políticos populistas, o que prometen a los ciudadanos una mejora sustancial de sus condiciones de vida son un engaño que, además, de no prosperar, conducen a lo opuesto: restricción de las libertades individuales y derechos fundamentales, que a su vez provocan aislamiento geopolítico y consecuentemente más pobreza y deterioro social; además de la asunción por el Estado de la iniciativa económica privando de dicha función creativa y emprendedora a los ciudadanos.

Y la segunda, que históricamente nace lentamente al final de la Edad Media (o si se quiere poner otro hecho histórico más concreto, el nacimiento y expansión de la Reforma Protestante), pero que se ha puesto de manifiesto muy claramente en el mundo Occidental en los últimos 70 años, el periodo de Paz más longevo en la historia de Europa, no es otra que el avance en el bienestar y condiciones de vida de los ciudadanos se da, además del indispensable requisito de la ausencia de conflicto bélico, en sociedades con un sistema democrático asentado, en el que se respeta la libertad del ciudadano en desarrollar su actividad personal o profesional (libertad de mercado, derecho a la propiedad privada), sin más limitaciones gubernamentales que las básicas para garantizar la pacífica vida en sociedad o el abuso de los que en base a dicha libertad pueden alcanzar una posición de superioridad (leyes antitrust, derecho de la competencia, derechos de los consumidores, pequeños accionistas, etc.); y la redistribución justa de la riqueza a través de una sistema tributario progresivo para que aquellos que no tienen capacidad de competir en un mercado libre puedan gozar de unas condiciones de vida dignas.

De acuerdo con un reciente estudio de la ONU, los diez países con mejor calidad de vida son Noruega, Dinamarca, Islandia, Suiza, Finlandia, Países Bajos, Canadá, Nueva Zelanda, Australia y Suecia; todos ellos tutelados desde el fin de la Segunda Guerra Mundial por gobiernos alternativos de socialdemócratas (hoy socioreformistas o socioliberales) y centro-derecha moderada, que combinan legislaciones proclives a la creación de riqueza individual (incompatibles con los modelos de fuerte intervencionismo Estatal como propugna Podemos), con sistemas tributarios justos de redistribución de riqueza (del que han carecido potencias como USA o UK, excluidas del listado).

Y es una obviedad histórica que solo con esa libertad garantizada por el Estado, el individuo puede tener la iniciativa y aceptar la asunción del riesgo para embarcarse en un proyecto cuyo objeto es crear riqueza no solo para sí mismo sino para toda la sociedad; del mismo modo que, donde se ha negado dicha libertad, y se ha entregado al Estado el monopolio de la actividad económica, las condiciones de vida de los ciudadanos son marcadamente más subdesarrolladas.

Por eso mismo Podemos nunca alcanzará son sus ideas lograr el apoyo mayoritario en una Democracia adulta como la de nuestra Nación, ni conseguirá, aun cuando cogobierne con la irresponsable colaboración de la centroizquierda, cambiar el modelo al que mayoritaria y democráticamente nos hemos agarrado a partir de la Transición y con la valiente y decidida transformación o modernización de España que llevaron a cabo Adolfo Suárez y Felipe González.

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