Vivir en una maqueta

Nuestras islas son una metáfora o maqueta, a escala reducida, de nuestro mundo: un modelo económico insostenible que necesita aumentar, y no solo mantener, sus beneficios constantemente en términos extensivos y no intensivos. Beneficios que sólo repercuten en una minoría creciente de ricos cada vez más ricos, que construyen un universo de lujo al que los demás no pueden acceder. Los economistas dirían que la curva de demanda agregada y sus, en principio, beneficiosos desplazamientos hacia la derecha están cada vez más desequilibrados porque dependen demasiado del mercado del lujo, lo que a su vez empuja la curva hacia arriba además de hacia la derecha, en una carrera de precios con la que el salario medio jamás podrá competir. Y así el círculo vicioso se acelera geométricamente, de modo que la clase media se ve reducida hasta su práctica desaparición. Mientras tanto, la población sigue aumentando, observada con desprecio por las élites como una masa incapaz de entender las consecuencias de sus decisiones de consumo ni del sentido de su voto. La sensación es que vivimos cada vez peor, entre otras cosas porque vivimos muy apretados, lo que aumenta el sentimiento de rabia ante la falta de oxígeno. Pero no vivimos en soledad esa sensación. El ecosistema regional y mundial resulta tan presionado por el modelo de consumo extensivo que puede acabar siendo destruido, de ahí que la perspectiva de protección ecológica sea, desde un punto de vista estratégico, la más importante de todas.

El modelo turístico actual no representa más riqueza para nadie que no sean los grandes empresarios del sector, que ven incrementados sus beneficios con cada nuevo turista. Pero este modelo extensivo no beneficia a nadie más porque el aumento de beneficios no implica una mejora ni en las condiciones laborales ni en el salario de los trabajadores, sino la contratación de nuevos trabajadores con salarios bajos y condiciones precarias; estos trabajadores incrementan la presión migratoria y, por ende, demográfica sobre unas islas en las que ya no cabe nadie más. Cada incremento demográfico significa consumir más suelo, aumentar aún más el precio del metro cuadrado edificable, y con ello la brecha entre el salario medio y el precio medio del metro cuadrado construido. Es decir, que dificulta cada vez más el acceso a una vivienda digna; también implica saturar más las vías de comunicación, el uso de los servicios públicos y hasta de los espacios de ocio incluyendo las propias playas, de modo que se deteriora la calidad de vida de los residentes y también la de los turistas. Al final quienes vivimos en Baleares no somos más “ricos”, sino que simplemente somos más. Así: somos más, es decir, somos más numerosos, y por eso estamos cada vez más incómodos y vivimos peor. No es que con nuevos turistas no resolvamos el problema, es que ésa es la causa del problema, porque el modelo, para sobrevivir, necesita seguir incrementando ad infinitum el número de turistas, y eso es simplemente inaceptable e imposible a medio plazo, porque Baleares es un archipiélago formado por islas pequeñitas, no es el Middle West o la Pampa, de vastas praderas con grandes vacíos demográficos susceptibles de ser rellenados, donde los modelos de explotación del territorio de carácter extensivo sí están justificados. Pero cuando el territorio escasea, el modelo intensivo es el único viable.

Y una segunda cuestión que resulta clave: “modelo intensivo” no significa ni debe significar un modelo basado en atraer, para compensar el turismo de borrachera de bajo poder adquisitivo, a un turismo esencialmente de lujo o muy alto poder adquisitivo. Y es que los turistas millonarios, si son demasiados, disparan el número de servicios de precios desorbitados, que tarde o temprano repercuten en el IPC regional. La consecuencia es doblemente catastrófica: por una parte, la inflación siempre estará muy por encima de los salarios; y, por otra parte, los residentes no ricos de las islas se verán progresivamente expulsados de más y más espacios de sus islas, tanto a nivel residencial como a nivel de ocio, simplemente porque no podrán pagarlos. Esta cuestión es de enorme importancia psicológica, porque la sensación general será que alguien o algo le ha robado a la población su espacio, su casa, su estilo de vida. Cada vez habrá más y más personas que sentirán desafección hacia un sistema que las expulsa de sus barrios; después, de sus bares y restaurantes; y, al final, de su isla (pensemos en Palma e Ibiza). Las ciudades se construyeron para vivir en ellas, pero cada vez hay más ciudades que no permiten a la gente normal habitarlas.

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