Va de putas

De todas las normas que me he autoimpuesto hay tres que todavía no he incumplido, no beber Coca-Cola, no comer de McDonalds y no ir de putas.

A pesar de todo he de reconocer que gracias a la prostitución he pasado algunos de los momentos más satisfactorios de mi vida, bueno, no por las putas, sino por sus clientes.

La prostitución, como todo, ya no es lo que era, antes cuando era niño y vivía con mis abuelos en la calle Sindicato “El Brut” era nuestro patio de recreo, jugaba con mis primos en un barrio chino en el que las putas eran mallorquinas, on aneu?, decían, reclamando nuestra atención.

El barrio como el resto de la ciudad, también se deprimió, y aquellas señoras dejaron de existir (o al menos no estaban visibles) y el tema empezó a tomar otro color, literal.

La heroína hizo que el aumento de población en El Brut, a deshoras, fuese en aumento. Yo lo atravesaba sobre las siete de la mañana para acudir al trabajo y a aquellas horas sólo flotaban algunos cuerpos dignos de la futura walking dead.

Luego descubrí que la prostitución era un bien social, es más, era (y supongo que sigue siendo) una dávida, una especie de reconocimiento a los servicios prestados, sin distinción ideológica y sin miramientos en estratos profesionales o sociales.

Ahora, a las putas, las veo nuevamente, algunas dominicanas toman el autobús temprano, siguen pintadas y entaconadas, mientras voy camino al colegio, otras se esconden tras los florecientes sitios de masaje chino que parecen haber surgido de repente en la ciudad, abiertos de 9 a 23 h o más, los quimonos extremadamente cortos auguran un placentero final feliz.

Es la prostitución oficial, otra, la que todos pagamos, se ejerce en forma de voto en sede parlamentaria, en una dirección insular o en la ineficaz gestión de un edil. Es el precio de la silla, es el mirar hacia otro lado, es el fruto de un tripartito torpe, anestesiado. Despierten sus señorías que el final feliz que les espera no es el que han deseado.

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