La moción

“Ustedes se preguntarán qué hago hablando de Francisco Silvela”. En efecto. La portavoz Irene Montero se había pasado más de dos horas hablando de la Trama, y en ese momento el candidato Iglesias viajaba al siglo XIX –su hábitat natural-, donde permaneció durante una hora adicional. Así volvían a desfilar por el Congreso no sólo Silvela, sino Cánovas del Castillo, el marqués de Salamanca e incluso Calvo Sotelo, cuya invocación en la Cámara no era especialmente afortunada. El método era el habitual: sustituir la argumentación racional por la emisión de datos dispersos, medias verdades, meras sospechas e incluso equivocaciones flagrantes –portavoz y candidato insistieron en atribuir a Zaplana afirmaciones de Vicente Sanz, el de la ‘chupaeta’- para crear una nube de puntos de la que el espectador, a ser posible iniciado en el Código da Vinci, consiguiera extraer el dibujo de una Trama maléfica. Esto fue su primer error. Es cierto que la sensación de emergencia es esencial para que progrese una moción de censura, pero con su relato sincopado portavoz y candidato alejaron la corrupción del ámbito de Rajoy para convertirlo en defecto estructural del sistema, un episodio más de la eterna lucha entre la gente –los que votan a Iglesias- y los sinvergüenzas –todos los demás-. Olvidaba así que venía para protagonizar una moción de censura y no una revolución anticapitalista. Al menos de momento.

Sin duda el debate fue útil para revelar una vez más el paisaje intelectual y emocional de Iglesias y su concepción de la política como continuación de la guerra por otros medios, pero dificultaba notablemente el objetivo de recabar apoyos. Pero en realidad Iglesias no pretendía conseguir apoyos, y así lo confirmó cuando se dedicó a insultar a una parte de los integrantes del grupo mixto. Estos, por supuesto, le devolvieron la gentileza, y Ana Oramas le recordó que no es un candidato especialmente estimulante aquel cuyas recetas han servido para destruir un país. Y además, machista, añadió no sin cierto fundamento. Pero, si no buscaba apoyos ¿qué quería Iglesias? Focos. Teatro. Unas horas en las que actuar como prima donna. Pero en esto volvió a equivocarse. Como estaba completamente obsesionado por llegar hasta los informativos alargó sus discursos hasta la extenuación de la cámara. Sólo le faltó comenzar a hablar a 33 revoluciones por minuto.

He dicho que la política de Iglesias se basa en la división eterna entre enemigos y amigos. ¿Y cuáles son estos? Los nacionalistas y secesionistas. Con esto Iglesias derrochó almíbar y, por qué no decirlo, cursilería. Era, en todo caso, poco estimulante que Iglesias se propusiera como candidato a la presidencia de España acompañado únicamente por los que quieren destruir España. Entre ellos Bildu: queda por cierto para la posteridad que la representante del partido más xenófobo de la cámara se identificara con Rosa Parks.  Terminó la sesión con Tardá, su otro socio, gritando “Visca la república catalana”, ante lo que los diputados de Bildu procedieron a aplaudir obedientemente.

Fernanado Navarro, diputado de Cs Baleares en el Congreso

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