El candado de la plurinacionalidad

Acabamos de vivir un debate de moción de censura, el tercero de nuestra democracia, que ha sonado más a debate de política general por el conocimiento anticipado del resultado de la votación.

La dulce fiereza de Irene Montero, mujer y compañera de seda y hierro, protagonizó el inicio del debate y debo decir, con orgullo, que hizo protagonistas también a nuestras islas.

Sus menciones a los 65 casos de corrupción del PP incluyeron los catorce que se produjeron en Baleares enumerados con la necesaria contundencia y credibilidad de quien se siente afectado y víctima del robo cometido.

Un pasado de probada corrupción, que adquiría actualidad en la tribuna del Congreso al combinarse con los nombres de cargos y miembros influyentes del PP balear perseguidos por la justicia en estos momentos.

La moción de censura no era sólo a Rajoy y no tenía únicamente perspectiva “madrileña”. El trabajo previo que hicimos en cada región para censurar las sucursales territoriales del PP tuvo su recompensa en las palabras de Irene, en primer lugar, y más tarde en las de Pablo Iglesias.

La moción de censura se construyó desde la suma de las miradas de los territorios. Sirve como ejemplo ilustrativo y puesto en práctica de la idea de plurinacionalidad, un concepto que ya ha quedado instalado tanto en el lenguaje político como en nuestras conversaciones en sociedad y que concentrará buena parte de los debates y negociaciones que se abrirán tras el verano.

Hablamos de una idea de país que no mira a un punto central a la espera de respuesta sino que se reconoce en la voluntad de compartir su diversidad territorial, sus diferentes miradas, para hacerlas comprensibles a los demás mientras se acoge con respeto la riqueza cultural que supone poseer identidades, en plural.

Hablamos de hermanos y hermanas que se ponen de acuerdo en cómo gestionar su hogar donde los padres ejercen de respetuosos mediadores pactando los criterios de convivencia. Hablamos de fraternidad.

De ahí la reseñable importancia de que en el discurso de un aspirante a presidente de gobierno aparecieran mencionados los habitantes de Formentera (también los del resto de islas) o que se apelase a nuestra identidad insularista desde el reconocimiento a la existencia de otras identidades territoriales que conforman la experiencia y la vivencia diaria de una realidad pluriinsular.

Es de alabar que un candidato a presidente dedique parte de su intervención a hablar de nuestras islas y aún más que lo haga en positivo situándonos como ejemplo de la convivencia fraterna que aspiramos a tener como país.

La interiorización del concepto de plurinacionalidad es un soplo de reconocimiento no sólo a un sentimiento, sino a una necesidad de modernización, actualización y proyección hacia un futuro más justo de los isleños que debemos vincular a nuevos ámbitos de diálogo con el Estado que rompan el eterno enfrentamiento dialéctico entre Madrid y Barcelona.

Aquí percibimos una realidad a la mediterránea, que hasta la pasada legislatura ha estado políticamente marcada por la corrupción del PP en el eje Madrid-Valencia-Palma. La regeneración que supone la existencia de una alternativa plurinacional tiene también sus referentes en esos ejes y tiene rostro de mujer.

Irene Montero, Mónica Oltra, Ada Colau, Manuela Carmena, ya no percibidas como españolas, sino como la valenciana, la madrileña o la catalana con quienes Baleares debe estrechar lazos que no pivoten sólo desde Madrid y que impidan que ningún territorio puede sentirse ignorado en la impostergable reconstrucción de nuestro país.

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