Campos para el entendimiento

El pasado jueves se aprobó en la Comisión de Empleo y Seguridad Social una proposición de Ley de Ciudadanos: Reformas Urgentes del Trabajo Autónomo. Es nuestra primera ley en el Congreso, lo que indica la importancia que le damos. No es para menos: los autónomos suponen el 20% de la ocupación en España, y generan el 30% del empleo. Aquí, en Baleares la proporción de autónomos sobre el total de trabajadores es aún mayor, y actualmente su número casi alcanza las 86.000 personas. La Ley parte de entender su doble condición de trabajadores y empresarios y pretende: aliviar su carga fiscal (se posibilita que los autónomos paguen sólo por los días que estén efectivamente de alta, se reducen los recargos por los retrasos en el pago de las cotizaciones y se evitan las subidas bruscas de éstas mediante su desvinculación del SMI), incentivar a todos aquellos que se animan a emprender un negocio (se extiende a doce meses la tarifa plana de cincuenta euros y se amplía al cien por cien la percepción de la jubilación a los que mantengan trabajadores) y promover la conciliación familiar.
Todo esto es muy importante, pero no es de lo que quería hablar hoy. Lo que quería contar es que nuestra Ley se ha aprobado por unanimidad y aceptando enmiendas de todos los grupos parlamentarios. Como ejemplo les diré que Joan Capdevila de ERC, un partido que está en las antípodas ideológicas de Ciudadanos, felicitó en el Congreso a nuestro diputado Sergio del Campo, ponente de la ley, por su «tesón y capacidad de diálogo». Esto es precisamente lo que otorga valor al trabajo parlamentario: construir campos para el entendimiento entre visiones políticas diferentes. De este modo la diversidad, siempre que se respeten las reglas de juego, enriquece el debate. Entender esto es imprescindible para entender realmente, y no sólo de boquilla, la democracia.
Por las mismas fechas en las que Ciudadanos negociaba calladamente la Ley de Autónomos, Pablo Iglesias presentaba con estruendo una moción de censura que sabía destinada a fracasar. Era, una vez más, la política concebida como espectáculo, pero hay algo peor. Bajo el foco mediático buscado con la moción Iglesias exhibió una vez más su visión de la política: consiste en dividir a los ciudadanos en dos grupos irreconciliables: la gente –los que apoyan a Iglesias- y los sinvergüenzas –todos los demás-. Esta mentalidad choca frontalmente con el parlamentarismo porque ¿qué acuerdo puede caber entre la buena gente y los sinvergüenzas? ¿Qué campo de entendimiento existe entre los buenos y los malos?
Hoy la división entre derechas e izquierdas no es tan relevante: lo decisivo es que hay dos formas de entender la política. Una, entre grandes fuegos artificiales, define enemigos y cava fronteras. La otra intenta solucionar problemas explorando al máximo la posibilidad del acuerdo. Esta última es útil; la primera tiene un difícil encaje en la democracia.
Fernando Navarro, diputado por Ciudadanos (Cs) Baleares en el Congreso de los Diputados
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