Bandera turca

«El castillo de Galeras ha enarbolado bandera turca». Así lo comunicaron al Ministro de Marina, y de esta manera inesperada empezaba, el verano de 1873, la revolución cantonal que se proponía instaurar una república federal desde abajo. En el fuerte de Galeras habían buscado afanosamente una bandera roja, enseña que habían elegido para el cantón de Cartagena, pero no habían encontrado ninguna. Los insurrectos decidieron entonces usar la de Turquía confiando en que en la distancia no se distinguiera la media luna blanca, pero se veía perfectamente. Uno de los rebeldes decidió entonces combinar el ridículo con la épica, y aplicando una navaja sobre el brazo tiñó por completo de rojo el estandarte otomano.

En realidad la cosa había sido poco gloriosa desde el primer momento. El 7 de junio se habían organizado Cortes constituyentes, e inmediatamente se habían desatado discusiones interminables entre federalistas intransigentes, centristas y moderados que habían llevado al presidente Estanislao Figueras a emitir una declaración solemne: «Senyors, ja no aguanto més. Vaig a ser-los franc: estic fins als collons de tots nosaltres!». A continuación anunció su intención de dar un paseo, se dirigió a la estación y tomó un tren a París, desde donde comunicó que había llegado bien. La cosa con Pi y Margall no mejoró, y llevó a Pérez Galdós a definir las discusiones parlamentarias como «un juego pueril, que causaría risa si no nos moviese a grandísima pena». Los más activos del movimiento cantonal fueron los cartageneros, que se apropiaron de los barcos de la base naval y se dedicaron a hacer correrías por la costa instituyendo nuevos cantones y solicitando aportaciones monetarias a la causa. No todas las expediciones fueron gloriosas: como el presidente Salmerón los había declarado piratas, un crucero alemán aprovecho para apropiarse un par de fragatas cantonales. Y así se fue desarrollando todo hasta su desenlace final, que ustedes pueden imaginar.

Es una lástima que Berlanga no hiciera una película con esto. El caso es que ellos no percibían lo ridículo de la historia que estaban protagonizando: es obvio que cuando uno se va internando en un discurso delirante va perdiendo de vista la realidad y sus complementos. En algún punto de su viaje a ninguna parte deben de haber perdido el sentido del ridículo también los que ahora proponen una federación de islas como solución milagrosa. Esperemos llegado el caso, para minimizar lo grotesco, que haya disponibles más banderas que en el fuerte de Galeras y menos barcos que en la base de Cartagena. Y a todo esto se plantea una dificultad adicional con la que tal vez no han contado: ahora los Països Catalans tendrán que ser una confederación.

Fernando Navarro, diputado de Cs Baleares en el Congreso

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