Refugiados: miles de kilómetros entre la guerra y la paz

Refugiados sirios caminan con sus pertenencias. ACNUR

A diario, miles de personas se ven obligadas a abandonar su casa, su familia y amigos. Miles de personas a las que les ha tocado vivir un infierno, el infierno de la guerra. Una guerra que, sin buscarlo ni esperarlo, les ha cambiado la vida.

Nâsser y Jalid, nombres ficticios para preservar su identidad, son dos chicos veinteañeros que persiguen sus sueños. Unos sueños que se han visto truncados por la guerra que ha arrasado Siria, su país. Un país devastado por la Guerra Civil que se inició en el 2011 fruto del enfrentamiento entre las Fuerzas Armadas bajo las órdenes de Bashar al-Asad y los grupos rebeldes que con el paso del tiempo han tenido el fuerte apoyo de los yihadistas del autoproclamado Estado Islámico.

“Hemos huido de Siria porque si nos quedábamos allí teníamos que convertirnos en soldados y no queremos matar a nadie”. Nâsser, arquitecto de profesión, cuenta entremezclando un perfecto inglés con pocas palabras en castellano, como este fue el principal motivo por el que dejaron a toda su familia en Siria y pusieron en riesgo sus vidas con el objetivo de “escapar a Europa para tener una vida mejor”.

De forma paralela, Mamadou, nombre ficticio, inició su particular viaje. Él es un joven de 22 años natural de Eritrea, país situado en el cuerno de África. La violación de los derechos humanos, las continuas torturas, la imposibilidad de acceder a una educación superior y el servicio militar nacional obligatorio indefinido son las causas por las que Mamadou decidió salir del país. Cuenta, dominando el castellano, que “cuando terminamos el colegio nos meten en el ejército porque siempre hay guerra y nos preparan para ser soldados”.

 

KILÓMETROS DE ILUSIÓN

Los tres sabían que escapar no sería fácil. Para ello, cargados con una mochila llena de ganas, recuerdos y pocas pertenencias se embarcaron en un viaje que resultó ser un periplo. “De Siria viajamos hasta Turquía, nos llevó días llegar hasta allí” cuenta Jalid, en un más que respetable castellano, mientras recuerda como “allí no estuvimos mucho tiempo porque teníamos problemas con el idioma y nos resultaba imposible encontrar trabajo” además “cuando conseguías tener algo, trabajabas catorce horas por muy poco dinero”.

Así, los dos jóvenes de Siria iniciaron de nuevo el viaje. El próximo destino fue Grecia. Mediante mafias que cobran por facilitar una embarcación destartalada y sin ningún tipo de garantía en cuanto a seguridad se refiere, estos dos jóvenes lo arriesgaron todo por llegar a la isla griega de Lesbos. Una vez allí “nos registramos como refugiados y tuvimos la oportunidad de ir en ferry hasta Atenas” allí “cogimos un bus que nos llevó a Thesalonikis y caminamos hasta la frontera entre Grecia y Macedonia”.

“Al llegar, la desilusión fue tremenda” porque “la frontera estaba cerrada”, cuenta Jalid. “Nos quedamos en el campamento de refugiados de Idomeni durante tres meses”. Ambos coinciden en que “fue horrible, compartíamos tienda con otras doscientas personas, nadie tenía nada” mientras hacen un gesto con el que dan a entender que no es agradable hablar de ello y que prefieren no compartirlo.

Por su parte, Mamadou también echó mano de las mafias para salir de Eritrea. “Pagué cinco mil dólares” por cruzar el desierto de Sudán en coche hasta llegar a Egipto. Allí, le proporcionaron un viaje en una embarcación rudimentaria que le llevaría, junto a cientos de personas, desde las costas de Egipto hasta el sur de Italia.

Efe
Embarcación llegando a las costas de Italia. Efe

 

 

 

 

EUROPA, TIERRA DE SUEÑOS Y OPORTUNIDADES

Los estados miembros de la Unión Europea, en el mes de julio de 2015, se comprometieron a reubicar a un total de 32.256 solicitantes de asilo provenientes de Grecia e Italia. Meses más tarde ampliaron esta cifra llegando a los 160.000 refugiados. Hasta la fecha, y habiendo expirado el plazo para el reasentamiento de estas personas el pasado martes 26 de septiembre, los estados miembros han acogido, solamente, la vergonzosa cifra de poco más de 44.300 personas.

En esta línea está España. Adquirimos el compromiso de acoger a 17.337 personas de las cuales solamente 1.980 han conseguido llegar al país mediante el programa de reubicación acordado por la Unión Europea.

El Gobierno español justificó, en el mes de junio, la baja cuota de acogida debido al complejo sistema establecido por la Unión. A pesar de ello, la consellera de Serveis Socials i Cooperació, Fina Santiago, discrepa con estas explicaciones y denuncia que la baja cuota de acogida por parte del Gobierno español “no se debe a un incumplimiento sino que se trata de una renuncia a hacer la política de acogida adecuada a las circunstancias que hay en las diferentes fronteras europeas”.

Además, Santiago se enorgullece de la respuesta de Balears ya que “hemos estado a la altura de las circunstancias, adaptamos el edificio en el que se encuentra el albergue de la Platja de Palma para acoger a estas personas” y recuerda que “en ese momento el inmueble estaba a la venta”.

Así, de las 1.980 personas refugiadas que han llegado a España, “122 personas han sido atendidas en el albergue de la Platja de Palma” que, en la actualidad, tiene 42 plazas ocupadas y 8 vacías, según datos facilitados por la Conselleria de Serveis Socials i Cooperació del Govern de las Illes Balears.

En este orden de cosas, la consellera de Serveis Socials i Cooperació ha retado a Madrid a que “resuelva este problema” y “si quiere ser más solidario con esta problemática, nosotros estamos dispuestos a poner más recursos” como habilitar otro espacio de acogida.

 

“ESTAMOS DECEPCIONADOS CON LAS INSTITUCIONES DE BALEARS”

Desde la plataforma ‘A Balears acollim’ lo tienen claro, “desde Balears no se ha hecho todo lo que esperábamos de ellos”. “Estamos decepcionados con las instituciones de Balears” afirma su portavoz Toni Seguí. “Nos da la impresión de que los políticos de aquí nos dan su apoyo pero solamente de forma verbal” porque “¿qué medidas van a tomar ahora?”.

“No han cumplido con lo prometido” recalca. “No están haciendo nada para acabar con los problemas que tienen las personas refugiadas cuando llegan a Balears” explica.

Con todo, Seguí denuncia que “en Mallorca se invisibilizan las llegadas de pateras por la frontera sur” una problemática que “es más que evidente ya que en los últimos meses no han dejado de llegar personas a nuestras costas arriesgando sus vidas” para que “al llegar, no se les mejore la vida”.

Plataforma 'A Balears acollim'
Plataforma ‘A Balears acollim’

 

“ESPAÑA NO ESTABA ENTRE NUESTRAS PREFERENCIAS”

Tras finalizar el largo y peligroso viaje que emprenden, al llegar a los países europeos, deben hacer frente a un programa de recolocación de refugiados farragoso y demasiado burocrático. Nâsser y Jalid, una vez en Atenas pudieron hacer la preinscripción al programa en la que tuvieron que elegir ocho países europeos en los que les gustaría vivir. Mamadou hizo lo propio en Italia, aunque, en este caso, solo pudo elegir entre tres países.

Los tres coinciden “España no estaba entre nuestras preferencias, te hacen hacer la lista pero no sirve de nada porque mira, estamos aquí”. Según cuentan, la mayoría de las personas no eligen España “no quieren venir aquí”.

Prueba de ello es que “cuando llegué, en mi grupo éramos 12 personas” ahora “solo somos cuatro” porque los demás “han preferido viajar a otros países más ricos como Alemania o Francia” explica Jalid.

Aunque matizan que “cuando dejas el campamento de refugiados de Grecia y llegas a España lo ves de otra forma” porque “es evidente que estás mucho mejor aquí”.

 

DESTINO BALEARS

Una vez llegados a las Islas, la coordinadora del área de refugiados de Cruz Roja en Balears, Rocío Redondo, tiene muy claro como debe actuar cada pieza del engranaje que conforma el sistema de acogida e integración de personas con protección internacional. “El programa se divide en tres fases: ‘acogida’ que tiene una duración de 6 meses – en la que se cubren las necesidades básicas de los recién llegados y se les ayuda a adquirir habilidades como es el aprendizaje del idioma-, ‘integración’ -cuyo periodo es flexible dependiendo de cada caso ya que en esta fase se les enseña a ser autónomos e independientes– y la tercera fase llamada ‘autonomía’ en la que cada persona llega a tener una vida totalmente integrada en nuestra sociedad”.

Paralelamente a estas fases, “se hace la petición de protección internacional ante la brigada de extranjería de la Policia Nacional” explica la asesora jurídica del mismo programa, Noelia Silva. Una vez iniciado este proceso, “en un mes se decide si se admite a trámite o no aunque el 97% de las peticiones salen adelante”. En caso afirmativo, “dejan su pasaporte en custodia y reciben la tarjeta roja” una tarjeta identificativa en la que consta que se está tramitando su condición de refugiado a la espera de una resolución en firme que dicte el estatus de refugiado o la protección subsidiaria.

“Lo más importante es tener en cuenta que son personas como nosotros” recuerda la psicóloga de Cruz Roja en Balears, Cati López. Una observación que no se puede perder de vista ya que “ellos querrían estar allí, lo han dejado todo para empezar de cero”.

Es básico darles apoyo y ayuda a todos los niveles. “Cuando llegan, hacemos una valoración general para poder empezar con el trabajo individualizado” explica López. Lo prioritario “es ayudarles con los problemas de contención emocional, insomnio y pesadillas e intentar que adquieran una rutina para que se sientan útiles después de todo lo que han tenido que vivir”.

 

“LA SITUACIÓN ACTUAL ES DIFÍCIL PARA TODOS, PERO PARA NOSOTROS AÚN LO ES MÁS”

La adquisición de esta rutina que prescriben los expertos se dificulta si se tiene en cuenta la coyuntura socio-económica que atraviesa España en estos momentos. “Es difícil llegar a una ciudad nueva y saber que tienes que esperar 6 meses para poder trabajar” lamenta Jalid.

Este mismo verano, Nâsser, Jalid y Mamadou han agotado el periodo de seis meses de la fase de acogida. Es hora de buscar trabajo y alojamiento, un hecho que para muchos puede considerarse como un mero trámite, no obstante, “la situación actual es difícil para todos, pero para nosotros aún lo es más” recuerda Nâsser.

A la espera de recibir su NIE, Número de Identificación de Extranjeros, no encuentran vivienda “ya que todo está colapsado por el turismo” y “los precios son muy altos”. Para facilitarles esta gestión, el Institut Balear de l’Habitatge (IBAVI) tiene como “prioridad conseguirnos vivienda en cualquier punto de la isla” ya que los propietarios de las viviendas en alquiler “no nos quieren alquilar sus casas porque somos refugiados”.

Además, a todas estas complicaciones se les debe añadir que están desarraigados, lejos de sus familias y seres queridos con los que intentan hablar a diario “cuando allí tienen acceso a internet” que “no es siempre” debido a la situación bélica. Y, ello, les crea aún más ansiedad “por no saber cómo están en casa”.

Sin olvidar nunca su tierra, tanto Jalid como Nâsser quieren “volver a Siria para ayudar a reconstruir nuestro país”. “Claro que vamos a volver, cuando llegue la paz a Siria, volveremos a casa porque la gente que está allí y necesita que todo esté bien es mi familia” argumenta Nâsser.

En cambio, Mamadou confiesa que su deseo es “traer a mi familia a Europa para que puedan vivir bien” porque su intención es la de “no volver a Eritrea si no cambia el gobierno”.

Panorámica de Deraa, Siria. REUTERS
Panorámica de Deraa, Siria. REUTERS

 

PERSONAS

La historia de estos tres jóvenes se repite a diario. Miles de personas deben elegir entre escapar de sus hogares o exponerse a morir. Morir en sus países o, por el contrario, durante el largo viaje que deben hacer para llegar a Europa. Ya sea caminando miles de kilómetros, hacinados en coches o amontonados en una barca. Porque, por desgracia, escapar tampoco es garantía de supervivencia.

En este año 2017,  las cálidas aguas del mar Mediterráneo ya se han cobrado la vida de más de dos mil personas, según datos de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM). Unos datos devastadores que día tras día aumentan.

En este preciso instante, miles de personas inician su particular huida en busca de una vida digna lejos de sus seres queridos, otras permanecen en los campamentos de refugiados haciendo frente a condiciones infrahumanas y muchas otras se encuentran de cara con la muerte. Tres hechos que no deberían ocurrir. Tres hechos a los que se les debería poner una solución firme para que, ellos, puedan vivir como lo que son, personas.

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