La cosecha del vacío moral

Nunca había creído que viviría unos momentos tan tristes. La situación que estamos atravesando en España como consecuencia de la inconsciencia (o directamente, maldad) de los gobernantes catalanes nos retrotrae a situaciones que creíamos enterradas desde mediados del siglo pasado.

Durante la última década nuestra sociedad se ha visto sumida en un relativismo moral absurdo que ha sido indudablemente favorecido por la crisis económica (un claro ejemplo de ello fue el estúpido “buenismo” del presidente Zapatero, quien confundía bondad con idiocia), y en una banalización de los más elementales principios democráticos, reducidos al máximo por el populismo de Podemos y los partidos nacionalistas: ambos han visto en esta simplificación una herramienta esencial para alcanzar sus objetivos.

Si esta vacuidad moral riega el adoctrinamiento en las escuelas y empapa las mentiras reiteradas y basadas en un agravio inexistente que han venido cultivando poco a poco los irresponsables gobernantes catalanes, solo se pueden recoger estos frutos.

De esta forma, vemos como las autoridades catalanas se amparan en unas leyes que han sido suspendidas por el Tribunal Constitucional para justificar su actuación delictiva; como la ocupación de colegios para la celebración del referéndum ilegal, auténticos actos de obstrucción a la Justicia, se convierten en pacíficas demostraciones democráticas; y como la actuación de la Policía y la Guardia Civil, cumpliendo las resoluciones judiciales y defendiendo el Estado de Derecho, se convierte en una intolerable agresión injustificada a gente “pacífica”. Lo más grave es que todo esto, que parece el mundo al revés, a muchos les parece normal: el malo es el que cumple la Ley, y el bueno el que la transgrede; libertad de expresión consiste en votar la ruptura de la soberanía nacional, mientras se priva de tal derecho al resto de los titulares de dicha soberanía; y así, en una enumeración de incongruencias que podría ser interminable.

Ante este trágico dislate, sólo hay una solución: la vuelta al sentido común, el restablecimiento de la legalidad mediante los instrumentos que el Gobierno de la Nación tiene a su alcance, convocar elecciones democráticas en Cataluña, y hacer borrón y cuenta nueva; y a partir de aquí, que sea el pueblo español el que, en su conjunto, como único titular de la soberanía nacional y en el ejercicio legítimo de su derecho democrático, decida su futuro. Un futuro que espero siga siendo compartido porque nos enriquece, y que si no lo tiene que ser, al menos, que sea fruto de una decisión pacífica, democrática y legal.

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