Injuria que algo queda

Las males artes en política tienen diferentes rangos. En la era de la información en el subepígrafe de la era Fake parece que proliferan cuanto menos las difamaciones que actúan bajo una doble linea de actuación. Una a través de la prensa, especialmente, la online que muchas veces parece moverse bajo el principio de “aquí se publica todo y luego ya que vengan a desmentir”. Y otra, a través del patio de vecinos que compone toda microsociedad, que hoy es acompañado por esa otra meta-realidad que son las redes sociales. Si alguien es capaz de sobrevivir a tal artillería pesada, a la par que, virus silencioso, es por la sencilla razón de que la superabundancia de información termina por ser su propio anticuerpo.

A pesar de todo, la gente no es tonta, y en este baile de mascaras terminan detectando aquello que el movimiento maneja como superfluo. Por ello, la iconografía del poder codificada 3.000 años antes de Cristo en el alto Egipto, así como en Mesopotamia, se basó en la Quietud y la Escala. Elementos que emanan presencia eterna, y complejo de hormiga para aquellos mortales que la observan. Básico en la iconografía de poder, guste o no guste.

Es por ello, que cuesta creer que entre tanto nuevo politólogo de eso que se llama “nueva política”, no se hayan percatado de esta ley universal de la imagen del poder, de la proyección política en suma, y hayan caído en burdas estratagemas que de lo fácil de verse y lo difícil en camuflarse, caen por su propio peso. Finalmente solo redundan en la visión de las masas sobre el ejercicio del poder, y lo hace de forma que desacredita, arrebata toda credibilidad a ese político torpón que intenta tapar sus carencias con un ruido banal, cansino pero de poca pregnancia.

El nuevo político parece desinhibido pero no precisamente para superar las viejas formas de la casta, mas bien y permitanme la expresión para, generalmente lo hacen para cagarla. Basta ver la popularidad de Pablo Iglesias, para comprender que le ha faltado quietud y escala. Ya ni que decir de las decena de apóstoles que mimetizaron el juego tronos de forma errática a lo largo de la geografía del Estado español. Y que en una mayoría de casos han caído en el suicidio colectivo mientras se tiraban absurdos trastos a la cabeza a la vista de todos sin ningún rubor y con terribles vendettas barrio-bajeras. Discusiones, tensiones, y hechos que nunca debieron salir de aquellos organos de decisión de partido, se llamen como se llamen, en cada formación.

Pronto las pesadas razones del conflicto alcanzan su dimensión, su escala, la nimiedad, y la falta de quietud, de peso, hacen que vuelen, sin embargo, la multifocalidad de la información opera también a través del individuo, del ser humano, del ciudadano. La observación de los hechos no viene solo vía mass media, al menos la realidad inmediata puede ser aun captada libremente por los sujetos. Es ahí, en el terreno de la experiencia, donde se fragua la ciencia y las convicciones de la gente. Es ahí, cuando un político que es gente, que es pueblo, y trabaja para y por la gente, para el enpoderamiento social, sujeto que ha de alcanzar sus propias conquistas. Cuando la generosidad, la constancia cobran cuerpo se traducen ambas en Escala la primera, y en Quietud la segunda.

Resulta, lectores, que a partir de hoy, tras una temporada de intensa actividad en la secretaría de organización de EUIB, y tras mi doloroso adiós a citada organización, inicio una nueva etapa política y paso a ser parte del equipo de trabajo de la diputada del grupo mixto y ex de Podemos, Montse Seijas. Ya saben como he titulado el texto, “injuria que algo queda”, si es que enfrente no hay Quietud y Escala, quizás incluso le funcionen un corto y caduco tiempo.

Eduardo Sánchez

Doctorado en Arte y Política

Asesor parlamentario de la diputada Montse Seijas

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