Siete días después, la herida sigue abierta

Vista aérea de las zonas afectadas por la torrentada (Foto: Twitter)
Vista aérea de las zonas devastadas por la torrentada (Foto: Twitter)

Han pasado siete días pero para muchos es cómo si hubiera transcurrido un siglo. El 9 de octubre de 2018 quedará para siempre grabado en la memoria colectiva de la Isla como la fecha en la que una tormenta mortal provocó una torrentada que acabó con la vida de 12 personas, la desaparición de un niño de 8 años que sigue sin encontrado y con más de 300 viviendas y 30 comercios devastados por el poder de la naturaleza. 

Los diez kilómetros de torrente entre Sant Llorenç y S’Illot son una herida abierta en el Llevant una semana después de la riada que mató a doce personas, porque lo mucho avanzado en la reconstrucción no mitiga el dolor por el niño que sigue desaparecido.

Desde uno de los helicópteros de la Guardia Civil que sobrevuelan el cauce y la costa frente a la desembocadura, se aprecia la magnitud material de la catástrofe y la energía funesta de la torrentada, que arrastró camiones, coches, árboles centenarios, derribó muros, tumbó casas y empujó hasta el mar toneladas de rocas y fango.

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Un pueblo destruido

Es un tajo irregular, un sablazo en la tierra provocado por lluvias que superaron los 250 litros por metro cuadrado en apenas dos horas y que en la tarde del 9 de octubre convirtieron Sant Llorenç en un leve obstáculo para un aluvión de agua que sembró de destrucción el pueblo.

Los efectivos de rescate y búsqueda están haciendo una labor excepcional según la presidenta del Govern (Foto: UME)
Los efectivos de rescate y búsqueda están haciendo una labor excepcional según la presidenta del Govern (Foto: UME)

Tras siete días de trabajos de cientos de profesionales de una treintena de entidades, entre cuerpos de seguridad estatales, autonómicos y locales, militares, bomberos, agentes de protección civil, servicios de preservación de la naturaleza, de recursos hídricos y miles de voluntarios, que igual han barrido lodo que recompuesto una instalación eléctrica, la normalidad comienza a asomar por el horizonte del pueblo, pero tardará semanas en asentarse.

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El barro, día a día, ha ido dando paso a un polvo arcilloso omnipresente, y cada jornada son más las puertas y ventanas que se van cerrando, aunque muchas viviendas, cocheras y almacenes siguen abiertas de par en par; muchas sillas, sofás y colchones siguen oreándose en la calle.

El viernes 12, unos 2.000 voluntarios

Se ha diluido la frenética actividad de los primeros días, sobre todo del viernes 12, en que unos 2.000 voluntarios inundaron de energía las calles para dar un acelerón a la limpieza y levantar el espíritu colectivo, pero el trabajo y la solidaridad continúan.

Hoy, decenas de personas comían en la plaza de la iglesia, junto a la carpa de la Cruz Roja llena de viandas regaladas; hablaban de cualquier cosa y de lo que les ha pasado, porque lo que han vivido es ahora su cotidianeidad.

La riada provocó grandes destrozos materiales (Foto: Europa Press)
La riada provocó grandes destrozos materiales (Foto: Europa Press)

“Se llevó todos los coches, y la moto, todo menos la bicicleta”, decía uno. “Aún están sacando agua, gracias a que han traído la bomba”, comentaba otro.

“Nos han enseñado como un catálogo, para que elijamos muebles”, decía una madre. Esta, junto a su hija, comía un pedazo de la pizza que un vecino del pueblo, magrebí, repartía sonriente sobre una tabla, recorriendo las calles.

Solidaridad 

También pasa casa por casa una joven con una tarjeta identificativa del ayuntamiento prendida de la solapa. Pregunta a una vecina qué necesita: ¿Ropa, colchones, muebles, algún electrodoméstico, baldosas, pintura? De todo eso dispone el consistorio gracias a la solidaridad de empresas y particulares, y además cuenta con el apoyo de cuadrillas de fontaneros, carpinteros, albañiles y electricistas que, voluntariamente, están ayudando a levantar el pueblo.

Almacen con ropa y comida
Almacen con ropa y comida

Arthur, en boca de todos

Todos están cansados, todos conocen a alguien o han oído de primera mano historias de esas familias para las que la desgracia supera con mucho lo material, y sobre todas la de la familia de Arthur, el desaparecido hijo de la fallecida Joana, hermano de la superviviente niña Úrsula.

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El regreso a la vida cotidiana de los vecinos de Sant Llorenç se adivina a lo lejos, la herida empieza a cicatrizar, pero aún sangra porque un niño está perdido en algún punto del torrente una semana después del diluvio

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