Juan Ignacio Codina: «Existe una relación muy estrecha entre antitaurinismo y patriotismo»

Juan Ignacio Codina Segovia (Ferrol, A Coruña, 1971) es licenciado en Ciencias de la Información, en la rama de Periodismo, por la Universidad Complutense de Madrid y doctor en Historia Contemporánea por la Universidad de las Illes Balears con una tesis titulada El pensamiento antitaurino en España, de la Ilustración del XVIII hasta la actualidad. Como periodista ha trabajado en diferentes medios de comunicación, como Diario de Mallorca, El Mundo y la Agencia Efe. Vinculado desde hace más de diez años a la defensa de los derechos de los animales, ha colaborado con distintas entidades animalistas de proyección nacional como PACMA o AnimaNaturalis y, desde 2012, es portavoz y subdirector del Observatorio Justicia y Defensa Animal, organización de la cual también es cofundador.

En Mallorca Confidencial hemos charlado con él pocos días antes de que presente, este jueves 14 de febrero a las 20:00 horas, Pan y toros. Breve historia del pensamiento antitaurino español (Plaza y Valdés, 2018) en la librería palmesana La Biblioteca de Babel (entrada libre).

Ser antitaurino, ¿está de moda?

En absoluto. No podemos relacionar al antitaurinismo con una simple moda. Eso es algo que, desde la ignorancia y con el único empeño de menospreciar y ridiculizar al antitaurinismo español, se dice desde sectores tauromáquicos.

Mire, una canción puede estar de moda, una prenda de vestir o un peinado también, pero considerar que el antitaurinismo pueda ser una moda es una afirmación cuando menos atrevida, por no decir ignorante. Tal y como demuestro con mi trabajo, el primer vestigio del antitaurinismo español lo encontramos ya en el siglo XIII, cuando el Rey Alfonso X El Sabio, en sus célebres Leyes de Partida, califica a los toreros como personajes infames. Fíjese bien: el siglo XIII. Han pasado ochocientos años desde aquello y, hoy en día, mucha gente podría pensar lo mismo de los toreros, así que de moda nada de nada.

De hecho, muchos siglos después de Alfonso X El Sabio, otro gran pensador, en este caso el mallorquín Miquel dels Sants Oliver, define a los toreros como seres brutales, analfabetos e innobles. Como se ve, el antitaurinismo se ha mantenido a lo largo de los años, hasta el punto de que los mismos argumentos antitaurinos que se usan hoy en día, ya se esgrimían para denunciar la tauromaquia hace cientos de años.

No me diga…

Sí, por ejemplo, ¿sabía usted que en 1513 el pensador humanista del Renacimiento español Gabriel Alonso de Herrera ya condena la tauromaquia por la crueldad hacia el toro? Esta cuestión, denunciar que un espectáculo o una diversión no pueden fundamentarse en el sufrimiento de un ser vivo es una constante en el antitaurinismo español desde hace seis siglos, y hoy en día sigue muy vigente. ¿Qué moda perdura tantos siglos? Como digo, quien sostenga que el antitaurinismo es una moda lo hará desde el desconocimiento y la ignorancia.

El concepto va muy ligado al patriotismo… ¿ser antitaurino es ser antiespañol?

De ningún modo. De hecho, es más bien lo contrario. Mire, Azorín, quien por cierto fue un gran antitaurino, acuñó el concepto de “patriotismo reflexivo”. Con esta expresión, el escritor alicantino se refería a que el mejor patriota es aquel que señala y denuncia las cuestiones que no aportan nada bueno al país y que, por tanto, deben ser erradicadas en beneficio de la patria. Pues resulta que la mayor parte de antitaurinos denunciaron la tauromaquia porque, precisamente, anhelaban lo mejor para su país, y para ellos la tauromaquia suponía uno de los males que debían ser combatidos.

Nadie podrá decir que personajes como Jovellanos, Joaquín Costa, el general Martínez Campos (responsable de la Restauración borbónica tras la primera República española), Emilia Pardo Bazán, el conde de Aranda, Carlos IV, Larra o Francisco Silvela, entre muchos otros, eran antiespañoles o antipatriotas. Más bien todo lo contrario. Y todos son antitaurinos: denuncian la tauromaquia porque supone una losa para la educación, la civilización y el progreso del pueblo español.

Así pues, existe una relación muy estrecha entre antitaurinismo y patriotismo. A ver si los antiespañoles van a ser otros, los que pretenden que sigamos viviendo en la Edad Media, en la ignorancia, en la brutalidad y en la oscuridad.

Juan Ignacio Codina Segovia (Foto: Antoni Costa - UIB)
Juan Ignacio Codina Segovia (Foto: Antoni Costa – UIB)

Entonces el antitaurinismo sería una parte importante de la historia de España…

Desde luego. No le quepa ninguna duda, y una parte muy relevante. El antitaurinismo es una seña de nuestra identidad histórica y cultural, un patrimonio tradicional que nos pertenece a los españoles, de modo que es justo decir que ha de ser reivindicado como un elemento sustancial de nuestra nación.

Lo que ha pasado es que la historia la han contado (por no decir manipulado) los taurinos, y han silenciado todo esto porque, sencillamente, suponía una amenaza para la perpetuación de sus bárbaras costumbres.

Es lo que en el libro Pan y Toros yo denomino la imposición del pensamiento único taurino. Hoy en día seguimos pagando esta manipulación de la historia.

¿Siempre ha habido movimientos que se hayan mostrado en contra? ¿Qué razones esgrimieron en su momento?

Como le he comentado antes, y por curioso que pueda parecer (a esto dedico un capítulo en el libro) existen cuatro grandes argumentos antitaurinos que, aunque nos resulten muy actuales, se repiten históricamente desde hace cinco o seis siglos.

El primero y más importante consiste en la cuestión de la crueldad infligida al toro durante la corrida; el segundo la mala imagen internacional que estos espectáculos salvajes transmiten de nuestro país; el tercero sería la denuncia del uso de dinero público para fomentar la tauromaquia y, finalmente, el cuarto y último se refiere al embrutecimiento que estas diversiones generan en la sociedad.

Desde el siglo XV, y hasta nuestros días, estos argumentos componen la columna vertebral del antitaurinismo español, y se repiten generación tras generación. Además, conviene resaltar que el antitaurinismo no ha sido un patrimonio exclusivo de una élite de pensadores o de intelectuales.

A finales del siglo XIX y comienzos del XX, es la propia sociedad civil española la que se organiza horizontalmente para combatir la tauromaquia creando ligas, asociaciones, comisiones y grupos antitaurinos. De hecho, la primera manifestación antitaurina ciudadana que tuvo lugar en España se celebró hace más de cien años.

Goya, Unamuno, Jovellanos, Pardo Bazán, Pío Baroja… son algunos de los grandes nombres que se pronunciaron contra la tauromaquia… ¿existen ahora figuras tan relevantes que se muestren en contra? ¿Es importante su papel para concienciar a las masas?

Sí, en la actualidad existen destacados personajes de nuestra cultura que han dado un paso adelante y, con valentía, han denunciado públicamente la barbarie taurina. Rosa Montero, El  Roto, Manuel Vicent, Ignacio Escolar, Ana Pardo de Vera, Espido Freire o Dani Rovira son solo algunos de ellos. Sin duda, al ser referentes para el gran público, su condena de la tauromaquia resulta muy importante. No me cabe duda de que, con los años, muchos otros y otras se sumarán.

Espero que mi trabajo ayude a ello: si, como demuestro en Pan y Toros, grandes personajes históricos de nuestras letras, de la política o del pensamiento, en tiempos con menos libertades y derechos de los que gozamos hoy en día, dieron la cara para denunciar la tauromaquia, esto nos ha de servir de impulso y de referencia para reivindicar su legado y seguir el camino que nos marcaron: el de la paz, la justicia, el civismo y, sobre todo, el de la compasión ante el sufrimiento del toro.

El escritor gallego firmando autografos en Sevilla
El escritor gallego afincando en la Isla firmando en un acto promocional del libro en Sevilla

¿Qué opinión le merece el caso omiso de España sobre la petición de la ONU de prohibir la entrada de los menores a las corridas?

La denuncia de que los menores no deben ser expuestos a la barbarie taurina parece una cuestión muy actual, pero en el siglo XVIII ya hay autores que se lamentan de que en España los padres lleven a sus hijos e hijas de corta edad a las plazas de toros. Por tanto, es un mal histórico de nuestro país.

De hecho, en 1929 se prohibió el acceso a los menores de 14 años a las corridas de toros y a los combates de boxeo. Precisamente se hizo para prevenir los efectos perniciosos que la violencia pudiera ocasionar en sus mentes todavía en formación. Pues fíjese usted que fue un ministro socialista, José Luis Corcuera, el que, en 1992, derogó esa ley de modo que los menores pudieron volver a ser envenenados desde muy pequeños con el virus taurino. Por cierto, años después Corcuera recibió un importante galardón taurino en reconocimiento a su labor en defensa de las corridas. ¿Casualidad? Que cada uno saque sus propias conclusiones…

En este sentido, ¿qué papel considera que se debería llevar a cabo desde los colegios?

La labor de la educación a edades tempranas resulta fundamental. Educar en valores sociales y de convivencia, pero también en empatía y compasión ante el sufrimiento ajeno, entre él el de los animales, es invertir en futuro y en justicia.

Para que nos hagamos una idea de lo importante que es la educación, la industria taurina, en connivencia clara con algunas instituciones públicas (ya sean autonómicas o municipales) está haciendo grandes esfuerzos para “taurinizar” a las niñas y a los niños españoles. Para ello se organizan corridas, becerradas, novilladas o tientas para escolares de siete u ocho años, e incluso más pequeños.

Además, con dinero público se ponen en marcha “parques taurinos” u otras actividades lúdicas e infantiles en las que se hace ver a los niños que la tauromaquia es un juego, como si el sufrimiento y el dolor del toro no importaran. Hay que ser muy claros: a eso yo le llamo adoctrinar a la infancia.

Como digo, se les inocula el virus de la violencia taurina cosificando al toro de modo que, cuando tienen uso de razón, ya no se cuestionan si eso está bien o mal, simplemente lo ven como algo normal. Los taurinos saben muy bien lo que hacen cuando se esfuerzan tanto en llevar la tauromaquia a las escuelas, o las escuelas a la tauromaquia. Blasco Ibáñez, el autor de obras como Cañas y barro o La barraca, denunciaba ya a comienzos del siglo XX que en España, antes de que los niños aprendieran a leer, ya se les estaba llevando a las plazas de toros. Y, como se ve, seguimos igual, o incluso peor.

¿Qué opina sobre la legislación que aprobó el Parlament de Balears y que el Constitucional declaró nula?

La llamada ley de los toros a la balear supuso, como es sabido, un intento de limitar los elementos más cruentos y sangrientos de las corridas de toros. Históricamente, este no ha sido el primer intento de reducir la sanguinolencia de la tauromaquia. De hecho, siempre gracias a las presiones sociales y en contra de los propios taurinos, que tradicionalmente se han negado a evolucionar, la tauromaquia se ha visto obligada a perder algunos (solo algunos) de sus elementos de barbarie.

¿Sabía usted que hasta los años 30 del pasado siglo se usaban banderillas de fuego, que explotaban al clavarse en el toro, quemándolo vivo?, ¿o que los caballos fueron sacados al ruedo durante siglos sin ningún tipo de protección, y que morían desangrados sobre la arena mientras el público reía, bebía y lo celebraba reclamando más caballos? Estas cosas pasaban hace menos de cien años. Y se lograron prohibir, como digo, a pesar de la oposición de los taurinos. ¿Quiere decir esto que la tauromaquia se ha humanizado o se ha refinado? Eso sería tan absurdo como defender que la guerra se ha humanizado porque hayamos pasado de matarnos a pedradas a asesinar usando bombas inteligentes.

Mientras el espectáculo se fundamente en acosar, herir y martirizar hasta la muerte a un ser vivo, no se puede hablar más que de una diversión bárbara que no ha de tener cabida en ninguna sociedad que se precie de moderna, culta y cívica.

El también portavoz y subdirector del Observatorio Justicia y Defensa Animal firmando ejemplares en Madrid
El también portavoz y subdirector del Observatorio Justicia y Defensa Animal firmando ejemplares en Madrid

Pero, ¿cómo ha vivido usted la sentencia del Constitucional contra los toros a la balear?

Aquí hay que diferenciar entre dos planos, el legal y el social. Mire, desde el punto de vista legal no voy a hacer ningún análisis porque, entre otras cosas, yo no soy jurista. Pero permítame que le haga una cronología histórica de lo que ha sucedido en este país al respecto de esta cuestión. Cuando en 2010 el Parlament de Catalunya prohíbe las corridas de toros, inmediatamente cincuenta senadores del Partido Popular presentaron un recurso ante el Tribunal Constitucional, quien no dictó sentencia hasta 2016. ¿Por qué tardaron seis años en resolver el recurso? Puede ser o no casualidad, pero lo cierto es que, entre la prohibición de las corridas en Cataluña en 2010 y la sentencia del Constitucional de 2016, de manera encadenada, se producen tres situaciones que, a la larga, van a fundamentar el andamiaje legal que dio pie a la declaración de inconstitucionalidad de la prohibición catalana.

Me explico: en primer lugar, en 2011, se produce el traspaso de competencias sobre la tauromaquia del ministerio del Interior al de Cultura; después, en 2013, el Congreso, con la mayoría absoluta del PP y la abstención del PSOE, se saca de la manga una ley que declara la tauromaquia como patrimonio cultural y, finalmente, en 2015, se aprueba otra ley que promueve la salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial, y que también reconoce explícitamente a la tauromaquia como patrimonio cultural.

Esta sucesión de normas permite al Constitucional, en 2016, declarar que, al ser la tauromaquia un patrimonio cultural (protegido por tanto por la Constitución española), solo el Estado es competente para regularla. Así es como se tumba la ley catalana. ¿Querría esto decir que, supuestamente, se estuvo esperando a que el PP pusiera en bandeja de plata los argumentos legales necesarios para poder decretar la inconstitucionalidad de la prohibición catalana?, ¿querría esto decir, supuestamente, que se hicieran unas “leyes a la carta” para que la norma catalana pudiera ser declarada nula? Yo no puedo hacer tal afirmación, solo me limito a presentar los hechos. Nuevamente, que cada uno saque sus propias conclusiones…

¿Y con la ley balear pasó lo mismo?

Sí. De hecho, todo esto ya se sabía cuando se aprobó la ley balear. Es decir, ya se sabía que la tauromaquia estaba artificialmente protegida por la Constitución, y que ningún parlamento autonómico iba a poder prohibirla o regularla. De hecho, el Constitucional apenas tardó más de un año en sentenciar que la ley balear era inconstitucional, y no seis como sucedió con la catalana, puesto que, como digo, las normativas de 2011, 2013 y 2015 le permitieron contar con la base legal suficiente como, al igual que con Cataluña, declarar inconstitucional la ley balear.

Ahora bien, desde el otro plano que le comentaba, el del ciudadano, creo que es una vergüenza que a día de hoy la tauromaquia esté tan protegida legalmente, pero también esto evidencia que las cosas no deben ir muy bien para los taurinos, pues nunca antes, históricamente, han necesitado estar amparados, nada menos, que por la Constitución. No, antes contaban con apoyo social y político, y no necesitaban tanto andamiaje legal para escudarse tras él. Pero hoy en día, con un importante movimiento social en contra, y también político, se han visto obligados, por fuerza, a protegerse legalmente bajo el paraguas constitucional. Pero eso no tiene por qué durar siempre.

¿Qué quiere decir?

Pues que las leyes son elementos artificiales, hechas por los legisladores, y que lo que hoy está protegido por la Constitución, mañana puede dejar de estarlo. Todo es cuestión de voluntad política, y el mismo empeño que los dos grandes partidos de nuestro tiempo han puesto en crear un armazón legal para proteger a la tauromaquia, mañana puede suceder en sentido contrario.

Esperemos que exista la suficiente valentía política como para acometer esta tarea, la de la abolición, un objetivo que muchísimos de nuestros ilustres antepasados nos agradecerían.

Portada del libro que será presentado este jueves en Palma
Portada del libro que será presentado este jueves en Palma

El descenso paulatino de espectadores y espectáculos taurinos… ¿continuará manteniendo dicha tendencia durante los próximos años?

Todos los datos oficiales apuntan a que el número de festejos taurinos y el público taurino están disminuyendo. Como digo, son datos del propio ministerio de Educación y Cultura, nada sospechosos. ¿Supone esto que la tauromaquia está cerca de desaparecer? Lamentablemente yo no diría tanto. Al revés, cuanto más creamos que el fin está cerca, y nos confiemos, más nos va a costar acabar con la barbarie.

Creo que todavía nos queda un largo camino no exento de dificultades. Debemos seguir denunciando que una diversión, en pleno siglo XXI, no puede fundamentarse en el sufrimiento, la tortura y la muerte de un ser vivo, y tendrá que ser la propia sociedad española la que se lo haga ver a sus legisladores si estos no reaccionan en tiempo y forma.

¿Cuál sería para usted la solución?, si es que la hay…

Lamentablemente la tauromaquia está institucionalizada en nuestro país, muy protegida y fomentada con dinero público. El primer paso, sin duda, sería la prohibición de que los espectáculos taurinos fueran subvencionados, como sucede hoy en día, con fondos públicos.

Esto es una vergüenza, pues mientras los ayuntamientos, las diputaciones o las comunidades autónomas sostienen los espectáculos taurinos con dinero de nuestro bolsillo, se está quitando dinero a otras partidas, como servicios sociales, asistencia sanitaria, educación, instalaciones culturales…

Yo creo que la tauromaquia no tardaría en desaparecer, o quedaría reducida a algo muy residual, si fuéramos capaces de algo tan sencillo como retirarle los millones de euros que, directa o indirectamente, recibe cada año de las arcas públicas.

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